¿YO?







Escribir para ser otro o para ser libre, para construirse una vida a la medida del deseo y huir de la propia existencia, falsearla y
ser alguien ante los ojos de los otros, como pretendía Roberto Arlt. Este notable y siempre vigente escritor argentino inspiró las
siguientes autobiografías apócrifas.







Mi nombre es Lara. El apellido no importa
realmente y apodo nunca tuve; nadie fue lo suficientemente
ingenioso como para inventar uno
que realmente me identificara, uno al cual respondiera
en cualquier tiempo y lugar. Tal vez no
llegaron a conocerme, saber quién soy y he ahí el
porqué de mi condena a no tener apodo. Para ser
sincera, a esta altura de mi vida, tan poca cosa no
me importa, aunque me haya arrancado algunas
lágrimas durante mi infancia.
Nací hace algunos años, en una ciudad normal, hija
de padres comunes y corrientes y un porvenir aún más
predecible que el embarazo accidental de mi madre.
Es tan fácil leer los rostros, intuir los movimientos de
las personas a tu alrededor. Si tan solo se detuvieran a
observar en dónde están parados.
Pero bueno, no me malinterpreten. Muchas cosas me
han llamado la atención en el transcurso de estos largos
años; descubrí que hay personas con el corazón cálido y
bondadoso -aquellos que tropiezan más de lo aconsejable-
pero también existe la gente mala. Y ésta última es
una lección que me costó aprender, pero que es obligatoria
en la “escuela de la vida”.
Cuando me fui de casa, lloré; pero no lloré por lo
que dejaba, sino porque no sabía a qué me enfrentaba
siguiendo aquel impulso avasallador que obligaba a
mis pies a alejarse de ese lugar de exigencias, para mí,
incomprensibles. Caminaba sin rumbo, lo único que
tenía en claro era que no quería volver.
Recién en ese momento empecé a vivir. Ya era
hora. Lamentablemente todo pasó muy rápido,
casi ni lo disfruté ¿o sufrí? Solo algunas imágenes
de los ojos con los que me crucé continúan
guardadas en algún rincón de mi mente. Los
recuerdo con nostalgia, pero me alegro de que
hayan sido sólo un parpadeo en mi vida. Muchas
personas llegaron y se fueron; otras se quedaron.
Fue para peor. Después de todo, comprendí que
nadie podrá acercarse a mí lo suficiente como para dejar
una marca, nadie me conocerá jamás más de lo que yo
me conozco.
Llegado un momento, me hartaban. Les quería soltar
la mano a todos y huir. ¿Volver a casa? No. Volver
a encontrarme, a escucharme. En ese momento dejé la
universidad, otro error, ahora lo sé. Mi día a día no puede
llamarse vida; es una simple existencia, dado que algo o
alguien me puso aquí y ahora: en este bar, dejando pasar
la tarde entre copas, después de haber trabajado toda la
noche soportando el olor nauseabundo de esos patéticos
hombres que se acercan a la barra.
Creo que nada cambiaría si yo no existiera. Los infelices
seguirían sufriendo, los felices festejando. Pero no
voy a darles ese gusto. No. Este mundo va a tener que
lidiar conmigo hasta el día en que me muera. Ese día
también voy a dar pelea.
Y cuando pienso en eso, es en el único momento en
el que me río. Y río a carcajadas, cuando me acuerdo
de que sigo viva. Y es que, si sigo viva, es porque voy
ganando…

Pilar Rodríguez.





Eliseo Galdós me llamaron mis padres cinéfilos y hambrientos
de literatura (pero no de comida). Me crié entre
la rancia aristocracia porteña que se movía en el aura del
“artista independiente”, pero en una posición totalmente
cómoda, económica y políticamente. Yo también solía
ser así, lo que no quiere decir que ya no, aunque ahora
utilice esos espacios llenos de champagne y cuadros de
pintores reconocidos para mostrar mi desagrado hacia
esa forma de vida.
A los 15 años vendí dos aquellos cuadros sin que ellos
se enteraran, y con esa plata me escapé a tan sólo 18 cuadras
de mi casa, pero a un mundo completamente distinto.
Cambié mi nombre y hasta modifiqué mi cuerpo;
me jacto en decir que hice una autogestión política del
mismo, mientras conocía a personas que dejaron marcas
imborrables en él.
Claro, en un cierto punto necesité más plata de la
que podía conseguir, así que para sorpresa de Barrio
Norte volví y “fui millones”… de comentarios de vecinas
vampiros, que se sacaban la sangre entre sí inventando
historias sobre mi cuerpo que, entre nosotros, a mí me
encantaba escuchar, quizás por narcisismo, y porque
saberme parte de esas conversaciones moralistas como
el no-ejemplo, me fascinaba.
Mis padres… ¡ni qué hablar! No quisieron siquiera
mirarme. Así que opté por vender la ropa que había
dejado en mi vieja casa y con lo que gané, puse un bar de
lo más oscuro y bizarro, en Congreso.
Hasta un cierto voyeurismo me movía para seguir, a
pesar de las dificultades económicas entre operaciones y
drogas, con el bar. Putas, travestis, lesbianas, gays, indecisxs,
heterodisidentes, etc., todo lo abyecto de la sociedad
pauperizada pasó por las instalaciones mugrientas
y desagradables del antro que esta ex “nene de mamá”
fundó. Pero a pesar del olor rancio de las cloacas abiertas
de la calle, el bar se hizo muy conocido en el ambiente
underground, y ahora la historia vuelve a repetirse.
De día, veo pasar los autos por la avenida Alvear desde
el octavo piso de mi edificio de porteñas paquetas, y de
noche… eso sólo la noche lo sabe.

Jacinta Gorriti

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