
un joven, sentado
en el banco de una plaza, sostiene un libro entre sus manos...
Parece que lee pero no pasa las páginas. Alguien lo observa e
imagina una historia...
Así la imaginó Magdalena Ducoin
El almacenero descargaba el pedido. Eran dos grandes
frascos llenos de aceitunas antipáticas y como la
Gioconda, él los metió en estantes metálicos. Se me
habían deshilachado los recuerdos que me cacheteaban
esa siesta y para no guardar rencor me puse las zapatillas
y salí de mi casa.
Dejé la reja abierta, y al llegar a la esquina, se completo
rápidamente la antología de frases sin hilo conductor
de la libretita china. En la bodega-inventario que
levitaba sobre mis hombros, se pudrían mis manos abarrotadas
que saldaban enigmas. Hasta que llegué a la
placita y lo vi.
Tenía aproximadamente dieciocho años y cuando me
respondió la mirada, sentí el arpón de esa luz fluorescente
entrecortada que me alisó, en una enfermiza situación
de espera. Una campera verde musgo y un pulóver
recién lavado, protegían su mente desprolija y evidenciaban
sus pasos sin gusto. Era primitivo, y sentía a los
cinco metros miópicos que me separaban de él cómo su
aura de locura me esperaba a mí, con mi nariz alérgica,
para consentir mis desvaríos. Sin embargo, o que más
me turbaba en él era que juzgaba un libro que sostenía
con la mano derecha, pero nunca cambiaba la página.
Como cuando se prende una aspiradora, un niño acuseto
desde los juegos de la placita le gritó a la mamá que
su hermano no lo dejaba tirarse del tobogán. Me alarmé,
pero seguía viendo cómo este chico podía ser mi asesor
o mi asesino. Lo sentía como a una ampolla. Era yo la que
debía interrumpir el arpegio constante, el arquero impaciente
y la condensación de un mundo que me percudía.
¿A quién esperaría sentado en esa pose tan internacional?
Se corrieron las nubes y divisé una pulserita en
su mano. Lo seguía destilando. Paladeaba en mí un acuario
gourmet, me alunaba y sus problemas vacacionaban
en mí. Era letal y leal. Él, en su inmolación, vigilaba los
ruidos de los cables del embrague de un taxi que se quejaba
en la esquina.
Un sobresalto: se movió y ubicó el libro en sus dos
manos mientras miró, panorámicamente, toda su escena.
Sacó del bolsillo un caramelo duro con un envoltorio
imperceptible y tosió como un carburador. Seguramente
estudia, me susurré para tranquilizar las ansias de una
imposible charla asmática.
Una planta chinchuda liberó una pequeña semilla
que llegó a mi ojo y comencé a llorar por dos motivos,
la semillita y mi ficción sobre el chico. Me miro como
un espantapájaros hundiéndome en mi ecuación, en la
botella vacía, en su pabellón. Amé, temí y partí. Me usó
y lo usé.
Era el deporte contaminado de mirar pero no tocar. Mi
sifón psicótico sopló en el aire la eterna pregunta: ¿habré
robado su atención? Yo quiero que quiera hablarme, pero
él nunca pasa la hoja. No sé si fue un buen gesto o costumbre
pero me fui, menguando.
Puede que haya sido mi arqueólogo favorito, otro
almacenero, o el amor afónico. A él le había dado fiebre
una imagen de su libro (y el de toda mi resaca) y yo, hacía
rato que había entrado en el quirófano mental.
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