Entré al lugar y muchas sensaciones me invadieron. Caminé por donde ya muchos habían caminado, con pasos pesados, lentos, tambaleantes, apresurados, débiles, desganados, arrastrados… Me escurrí por las habitaciones… las paredes me miraban, me contaban cosas, estaban escritas con historias, hablaban, susurraban, gritaban y algunas… lloraban.
Vi una guitarra, un libro, un tocadiscos, una camisa, una moto, una cruz... Vi cientos de fotos que no encontraron a su dueño y cientos de nombres grabados, tanto en lágrimas como en sonrisas… Me metí en una habitación diminuta y sentí que mi corazón se estrujaba, hasta que una voz dulce y tranquila me empezó a hablar… me habló de muchas cosas, feas y lindas, tristes y sabias… me hizo pensar, llorar y me llenó el pecho de tantas cosas que no podrían describirse en una sola palabra…
¿Cómo te sentís ahora?, me pregunté. ¡No lo sé! Pensé en lo que había visto. ¿Nunca más esas fotos verían a sus dueños? ¿Nunca más esa guitarra iba a ser tocada? ¿Nunca más esa moto iba a sentir ese viento que corta al andar?
Entonces, mis labios se abrieron para decir “pienso diferente.” La voz me dio un abrazo y todo ese peso en el pecho se esfumó… me sentí liviana, como si pudiera flotar y unas suaves notas musicales, acompañadas por un murmullo, llegaban hasta mí traídas por un viento fresco… eran las voces, las fotos y las paredes, la guitarra y la moto, la camisa y el libro, el tocadiscos y la cruz, las pisadas y las lágrimas, todos se unieron en un susurro que al principio no entendí, pero luego me di cuenta… decían NUNCA MÁS.

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