"En el país de Alicia""



“Quién sabe Alicia éste país
no estuvo hecho porque sí.
Te vas a ir, vas a salir
pero te quedas,
¿dónde más vas a ir?

Canción de Alicia en el país- Charly García

Parada allí, frente a la ventana de la cocina observo conmovida aquel mundo que se abre tan cálido, tan puro, tan frágil, tan libre frente a mí. Su enormidad no me asusta, mas bien al contrario, deseo adentrarme en él y perderme en sus trazos violáceos hasta que ni yo misma me encuentre. ¡Qué poderoso aquel universo! Ofrece el anhelado olvido, pidiendo, a cambio, tan sólo un momento de quietud para mirarlo. Simplemente es su magia, la sensación de libertad que me llena al verlo, la que me provoca un cosquilleo en los dedos, una ansiedad ciega, ¿Y si abriera la puerta y corriera hasta que olvide mi nombre, si me perdiera en las callejuelas inacabables de la nada?

Doy vuelta la cabeza y avisto el rincón donde Miranda, de pequeña, solía jugar con su muñeca favorita. Luego Alicia irrumpe en la habitación y su imagen joven se me viene a la cabeza. Sus ojos, como los de un mar embravecido, solían mirarme con cierta dulzura mezclada con un falso enojo, cada vez que robaba la muñeca de Miranda, desesperada por llamar su atención, ganándome un castigo. ¡Qué tiempos aquellos! Aún se me hace agua la boca cada vez que recuerdo el aroma dulce de las tortas que me preparaba para merendar los fines de semana. Recién salidas del horno, inundaban la casa con ese perfume a vainilla. Ahora Alicia no cocina más. De hecho, apenas sobrevive. Los años han pasado por su cara, una vez jovial y bella, ahora ajada y derruida, tan derruida… Me duele ver su decadencia.

Vuelvo la mirada hacia el cielo que, ya plagado de estrellas, se va cerrando la noche. De a poco, las casas van prendiendo sus luces.

-Prepará las cosas que en un ratito salimos-dice una voz desde el marco de la puerta. Es Miranda. Su mirada tan agitada, tan llena de pensamientos que la atosigan. Ella también piensa en aquellos días con melancolía, pero debe mostrarse fuerte y segura. Tan adulta y tan niña a la vez con sus diecisiete años. Sus rizos morenos caen sobre sus hombros y sus agobiados ojos brillan, tan azules como los de Alicia. ¡Cómo me gustaría haber heredado esos ojos! Pero yo me parezco a papá. A veces sueño con las navidades en las que todos nos sentábamos en la misma mesa. Ahora eso parece simplemente imposible. Desde que Alicia enfermó, todo lo que yo amaba se ha ido esfumando al punto de ser tan sólo reminiscencias de años pasados y expectativas de tiempos mejores. La tristeza que me produce haberlo perdido todo, haberla perdido, me produce un vacío que apenas puedo delinear. ¿Tiene fin? ¿Tiene principio?

Ya es hora, tenemos que irnos. Me subo en el auto, me siento al lado de Miranda. Volteo la cabeza, los gritos de Alicia me hacen volver la mirada. Lanza unos gemidos inhumanos, casi animales y sale corriendo tras el auto.

-¡No te vayas! ¡Te prometo que me voy a portar bien, que no te voy a pegar más, pero no te vayas! -vocifera desesperada. Tropieza con sus propios pies y cae; no puede seguir corriendo. Se queda inmóvil en medio de la calle, me llama una última vez y se rinde, solloza ruidosamente, mientras veo cómo las lágrimas inundan su rostro. Pero su imagen se hace cada vez más pequeña, señal de que me estoy alejando. La brecha entre las dos se hace enorme y comienzo a llorar yo también. Tengo el corazón en la mano, me desasosiega lo que acabo de presenciar. Tanto a Miranda como a mí nos preocupa dejarla atrás. Con o sin Alzheimer, Alicia sigue siendo mamá.

El trayecto es corto, es interminable, todavía no lo decido. Al llegar a la casona, solamente pido poder acostarme un rato: no quiero contestar ninguna pregunta. Entro a la habitación que han preparado para mí y me dejo caer en la cama, destruida, demasiado cansada para hacer o pensar en nada. Puedo escuchar algunas voces.

-Pobrecita, catorce años y ya es una vieja, mirá todo lo que le tocó vivir-dice con tono compasivo la tía Nélida.

-El padre que la abandona cuando tiene diez años, la madre loca y la hermana que se va a Europa y la deja sola ¿Qué más le puede pasar? Demasiado buena es - le responde tía Cora.

-Pero Miranda dice que cuando se instale allá, la viene a buscar...

-No seas ilusa, Cora… Miranda no vuelve más- contesta la tia Nélida, terminando definitivamente la conversación y la oigo salir de la casa. Se va, todos se van.

Desde la ventana asoman unos rayos de sol y caigo en la cuenta de que ya ha pasado la noche. Cierro los ojos con fuerza e imagino que escapo, que salgo corriendo, que recorro el infinito. Ya es de día, yo también me he ido.

Emilia Dennler

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