
Plaza San Martín, punto de encuentro
Basta bajarse del colectivo al costado de la Catedral, para encontrar a una guía turística contándoles la historia del Cabildo a un grupo de suizos, alemanes y japoneses que la escuchan atentamente, cámara en mano. Posan sonrientes para captar la foto perfecta al lado del caballo del General, entre la ajetreada multitud que camina, presurosa, hacia ningún lado.
Los vendedores en los puestos de churros y choripanes ofrecen agradecidos los productos de nuestra cocina popular y reciben generosos billetes aprovechando la falta de control de los inspectores municipales, seguramente de paro.
El helado
En la Grido de la Colón se puede escuchar a un grupito de holandeses - que viajaron con sólo una mochila al hombro - luchar por descifrar qué es el misterioso "dulce de leche" y averiguar cuál de todos esos nombres extraños es la siempre segura “frutilla”. Susurran y se ríen entre ellos en su lengua madre, mientras la paciente y aburrida vendedora espera que le comuniquen su elección en un español casi incomprensible.
Los souvenires
Es normal encontrar en los bazares a una familia de coreanos mirando vidrieras, buscando el recuerdo perfecto de su aventura en Latinoamérica. Entran al local y tardan unos minutos dudando si deberían llevarse un mate con detalles en plata o un facón con mango de cuero, pero, al final, ninguno de los productos típicos los atrae y terminan comprándose más de lo mismo que hubieran encontrado en Asia…productos “made in China”.
Los arcos dorados y los estudiantes
El punto de reunión, por excelencia, parece ser el Shopping Patio Olmos. Muchos de los cansados turistas descansan de su alocado tour por la ciudad como los coreanos, que hacen sus últimas compras y los holandeses, que se toman un tiempo para almorzar. De todas las nacionalidades son los viajeros que se apiñan en el mostrador de McDonald's, tratando de encontrar las palabras justas para pedir la deseada y universal “hamburguesa”. Mientras tanto, sentados en las mesas con dos vasos grandes de café, yacen enterrados en libros y fotocopias un par de estudiantes estadounidenses, en un ambiente un poco más familiar, tratando de exprimir su cerebro para el próximo parcial de la materia que están cursando en una de nuestras universidades.
El sanatorio.
Los hospitales y sanatorios privados también reciben con los brazos abiertos a aquellos que están lejos del hogar; bien lo sabe la residente norteamericana a la que nuestros amables médicos paseaban de aquí para allá explicándole los estudios que se hacen en el área de radiología en Oulton, y a quienes pude observar mientras esperaba que me hicieran una radiografía en el pié. También lo sabe la docente italiana, que le explicaba algo al estudiante africano que había acompañado al Sanatorio Allende…el muchacho no entendía por qué después del 100 los números que se otorgan en la recepción del laboratorio vuelven a empezar desde el 1…
Parece, sí, que el mundo es un pañuelo…que "nuestra" Córdoba ya no es tan "nuestra" y que la compartimos con el planeta entero.
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