Algunos trabajos de Pablo Weber, relatos compuestos de retazos, como fotogramas de una vieja película en blanco y negro.




Mr. Jones entra a su departamento. Las luces delgadas invaden la sala mientras el color mancha todos los objetos presentes devolviéndoles, así, la vida que alguna vez habían tenido, o no. Algo
ocurre, pero el no sabe lo que es ¿No es así, Mr. Jones? Tal vez ayer se hubiese preguntado por el lugar que ocupaba el lápiz apoyado en la mesa, y a quien le pertenecía. En otro momento hubiese prendido la televisión, al igual que se hubiese asombrado por su desnudez, hubiera hablado con las sombras que ya desaparecieron y, a lo mejor, mirado una película. Su cabeza (Aunque nadie pueda asegurar que era de hecho suya) recorre todos y cada uno de los rincones del salón a la expectativa de nada. Lo que antes había sido un imán pegado a una heladera sostiene una nota que dice lo siguiente:

“Escribo estás palabras (si es que no se escriben solas) sin motivo alguno, al igual que el sol se pone todas las mañanas. La inercia implota en cada letra, vertidas en un cubo cilíndrico, de majestuosas proporciones diminutamente perceptible, se frisan a la espera del farsante sin rostro, único en su especie. En este calendario, que pronto dejará de serlo, yacen m
arcados cada uno de los días en los que el viento haya soplado, borrando así recuerdos de gélidas noches en las que intentaste morir”

El pasado no tiene comienzo, infinito, arde en las almas de todos los muertos que alguna vez decoraron la ciudad. El presente comienza en sus pupilas, nervios
as, intentando leer aquel pedazo de papel.
Su nariz explota y sus extremidades decoran la habitación. Los ojos enfocados en el cronómetro esperando deciden tomar posesión de las calles ilustradas bajo tierra. Las ruinas de la humanidad en el cielo respiran olores amargos, en ellas dios llena el vacío con conocimiento. Mr. Jones tomó su paraguas, abrió la puerta y salió a la espera del tren. Una dura lluvia va a caer.



Todo pasa en HD

El director se queda con la imagen de la calle, dentro del cuadro la luna opaca la imagen con su presencia. Las campanas suenan doce veces, mis dedos abren la caja y acercan hacia a mis labios un cigarrillo. Agarran los fósforos y, lentamente, lo encienden.
Esta secuencia me suena familiar. Mis pulmones exhalan y, a través del humo mis ojos ven el decorado. Las flores se secan, pero no es otoño, yacen ellas, imperceptibles, en la gélida noche. Las ilusiones están encerradas en una cinta. La cámara enfoca mi rostro, mis labios susurran algo. Un lápiz traza el miedo, mi codo lo tacha. Las lágrimas vacían el vaso de vodka. Todas las escaleras van hacia abajo, mis pies las recorren. El reloj de arena gira, grano a grano la ciudad se va tapando. Yo estoy del otro lado de la pantalla.


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