AUTOBIOGRAFÍAS APÓCRIFAS...

La consigna era sencilla: escribir una autobiografía jugando a ser otro, alguien que nos gustaría u odaríamos ser...a la manera que lo hiciera Roberto Arlt, construir con el deseo un personaje en las antípodas - o no- de quienes somos realmente...
A continuación, algunos resultados de este ejercicio de enajenación literaria...


"SEGUIR PARTICIPANDO"

Mi nombre es Lara. El apellido no importa realmente y apodo nunca tuve; nadie fue lo suficientemente ingenioso como para inventar uno que realmente me identificara, uno al cual respondiera en cualquier tiempo y lugar. Tal vez no llegaron a conocerme, saber quién soy y he ahí el porqué de mi condena a no tener apodo. Para ser sincera, a esta altura de mi vida, tan poca cosa no me importa, aunque me haya arrancado algunas lágrimas durante mi infancia.
Nací hace algunos años, en una ciudad normal, hija de padres comunes y corrientes y un porvenir aún más predecible que el embarazo accidental de mi madre.
Es tan fácil leer los rostros, intuir los movimientos de las personas a tu alrededor. si tan solo se detuvieran a observar en dónde están parados.
Pero bueno, no me malinterpreten. Muchas cosas me han llamado la atención en el transcurso de estos largos años; descubrí que hay personas con el corazón cálido y bondadoso -aquellos que tropiezan más de lo aconsejable- pero también existe la gente mala. Y ésta última es una lección que me costó aprender, pero que es obligatoria en la "escuela de la vida".
Cuando me fui de casa, lloré; pero no lloré por lo que dejaba, sino porque no sabía a qué me enfrentaba siguiendo aquel impulso avasallador que obligaba a mis pies a alejarse de ese lugar de exigencias, para mí, incomprensibles. Caminaba sin rumbo, lo único que tenía en claro era que no quería volver.
Recién en ese momento empecé a vivir. Ya era hora. Lamentablemente todo pasó muy rápido, casi ni lo disfruté ¿o sufrí? Solo algunas imágenes de los ojos con los que me crucé continúan guardadas en algún rincón de mi mente. Los recuerdo con nostalgia, pero me alegro de que hayan sido sólo un parpadeo en mi vida. Muchas personas llegaron y se fueron; otras se quedaron. Fue para peor. Después de todo, comprendí que nadie podrá acercarse a mí lo suficiente como para dejar una marca, nadie me conocerá jamás más de lo que yo me conozco.
Llegado un momento, me hartaban. Les quería soltar la mano a todos y huir. ¿Volver a casa? No. Volver a encontrarme, a escucharme. En ese momento dejé la universidad, otro error, ahora lo sé. Mi día a día no puede llamarse vida; es una simple existencia, dado que algo o alguien me puso aquí y ahora: en este bar, dejando pasar la tarde entre copas, después de haber trabajado toda la noche soportando el olor nauseabundo de esos patéticos hombres que se acercan a la barra.
Creo que nada cambiaría si yo no existiera. Los infelices seguirían sufriendo, los felices festejando. Pero no voy a darles ese gusto. No. Este mundo va a tener que lidiar conmigo hasta el día en que me muera. Ese día también voy a dar pelea.
Y cuando pienso en eso, es en el único momento en el que me río. Y río a carcajadas, cuando me acuerdo de que sigo viva. Y es que, si sigo viva, es porque voy ganando…

PILAR RODRIGUEZ

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Eliseo Galdós me llamaron mis padres cinéfilos y hambrientos de literatura (pero no de comida). Me crié entre la rancia aristocracia porteña que se movía en el aura del “artista independiente”, pero en una posición totalmente cómoda, económica y políticamente. Yo también solía ser así, lo que no quiere decir que ya no, aunque ahora utilice esos espacios llenos de champagne y cuadros de pintores reconocidos para mostrar mi desagrado hacia esa forma de vida.
A los 15 años vendí dos aquellos cuadros sin que ellos se enteraran, y con esa plata me escapé a tan sólo 18 cuadras de mi casa, pero a un mundo completamente distinto. Cambié mi nombre y hasta modifiqué mi cuerpo; me jacto en decir que hice una autogestión política del mismo, mientras conocía a personas que dejaron marcas imborrables en él.
Claro, en un cierto punto necesité más plata de la que podía conseguir, así que para sorpresa de Barrio Norte volví y “fui millones”… de comentarios de vecinas vampiros, que se sacaban la sangre entre sí inventando historias sobre mi cuerpo que, entre nosotros, a mí me encantaba escuchar, quizás por narcisismo, y porque saberme parte de esas conversaciones moralistas como el no-ejemplo, me fascinaba.
Mis padres… ¡ni qué hablar! No quisieron siquiera mirarme. Así que opté por vender la ropa que había dejado en mi vieja casa y con lo que gané, puse un bar de lo más oscuro y bizarro, en Congreso.
Hasta un cierto voyeurismo me movía para seguir, a pesar de las dificultades económicas entre operaciones y drogas, con el bar. Putas, travestis, lesbianas, gays, indecisxs, heterodisidentes, etc., todo lo abyecto de la sociedad pauperizada pasó por las instalaciones mugrientas y desagradables del antro que esta ex “nene de mamá” fundó. Pero a pesar del olor rancio de las cloacas abiertas de la calle, el bar se hizo muy conocido en el ambiente underground, y ahora la historia vuelve a repetirse.
De día, veo pasar los autos por la avenida Alvear desde el octavo piso de mi edificio de porteñas paquetas, y de noche… eso sólo la noche lo sabe.

JACINTA GORRITI

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